Vivimos un instante de tiempo en que muchas personas sienten emociones que hasta la fecha quizá no habían experimentado con tanta fuerza.

Una de estas emociones es el miedo, miedo a contagiarnos, a estar enfermos y no poder ser atendidos, a sufrir, a morir.

En cada situación no deja de ser un pensamiento que no cesa de dar vueltas y vueltas en nuestra mente que en muchos casos puede acabar somatizándose en nuestro cuerpo mediante dolores articulares, cervicales, derivados de la tensión muscular que generamos nosotros mismos.

El miedo es una reacción normal y positiva. Nos alerta de que nos encontramos ante un peligro, ante el cual se activan unos mecanismos que nos protegen.

Gracias al temor podemos pensar más deprisa, correr o saber cómo reaccionar.

Sin embargo, a veces nos paraliza, nos bloquea y no nos permite pensar ni actuar. Sentimos una intranquilidad interna que puede traducirse en ansiedad en el momento que todo nuestro pensamiento se centra en un futuro inexistente pensando en que podrá pasar y como controlarlo.

Son aquellos momentos en que deseamos prever qué ocurrirá y como afrontarlo, viviendo constantemente un futuro creado por nuestra mente y que realmente no existe todavía. Es un constante y si pasa esto, y si pasa aquello, ¿cómo reaccionaré?, ¿Cómo me afectará?

Entramos en un bucle en el que nos sumergimos sin poder salir, incrementándose cada vez más nuestro temor sin opción a encontrar una solución.

Lejos de la realidad nuestra mente en un primer momento empieza a generar pensamientos que nos generan el miedo, más adelante este miedo se incrementa hasta llegar al terror, en ese instante es cuando nos paralizamos. No sabemos cómo reaccionar, qué pensar y nos quedamos quietos.

Esta parálisis, se producen porque, en vez de enfrentar nuestros temores, huimos de ellos, los queremos dejar atrás, pensando que sin verlos desaparecerán, y esta conducta es la que permite que prevalezcan y sigan aflorando.

Debemos enfrentarnos a nuestros miedos, a su origen, así desaparecerán de nuestras vidas.

Y, ¿Cómo afrontamos nuestros miedos?

En primer lugar, evita negarlo, acepta el miedo, abrázalo.

Siente el miedo en tu cuerpo, dónde se materializa, ¿qué sientes?

Pregunta al miedo que quiere decirte, qué mensaje te esta dando.

Observa que genera tu miedo, qué idea o pensamiento es el que lo alimenta.

 Pongamos un ejemplo:

Si digo, me dan miedo los perros.

¿Qué es lo que realmente me asusta, el perro en si, el sufrimiento que puedo tener si me muerde, la película que mi mente organiza pensando en si tendré que ir al hospital, la inyección que me podrán, o si voy más lejos en mi pensamiento y si me muero por que el perro tiene la rabia

El discurso interno de nuestra mente nos predispone a ese miedo.  Pero gran parte de ese miedo es irreal, se sitúa en un futuro todavía inexistente.

Ese miedo también puede provenir de una experiencia pasada, en la que un perro nos mordió o mordió a alguien que estaba con nosotros, y nuestra mente recupera las imágenes, sensaciones y emociones de aquel momento creyendo que se puede repetir la experiencia.

Si afrontamos el miedo real, es decir ¿Qué es lo que realmente me genera la emoción del miedo? podremos plantarle cara, determinar si es real o imaginario y actuar en consecuencia. 

Una vez identificado quizá lo único necesario sea tomar sencillas medidas de protección para estar tranquilos o bien nos daremos cuenta de que la emoción y sus sensaciones se apaciguan. 

Una forma de autoanalizar nuestros miedos es escribir aquello a lo que tememos y plasmarlo en un papel. Cuando los pensamientos bajan al nivel escrito nos damos cuenta de que ese pensamiento que parecía tan importante es algo irrelevante y nuestro miedo se difumina y somos capaces de gestionarlo. 

Lo más importante es mirar a nuestro miedo de cara para poder vencerlo.

Ahora debes analizar que es lo que realmente te da miedo de esta pandemia, escribirlo y afrontarlo al mismo tiempo que encuentras aquellas herramientas que pueden ayudarte a superarlo. 

S.C. 

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