Gaia era un planeta joven, dinámico. Viajaba constantemente por la galaxia.

Vivía en la Vía Láctea sin parar de dar la vuelta al sol. Era un viaje que le llevaba más o menos un año en recorrer.

Junto a ella viajaba su compañera del alma, la Luna, que en muchas ocasiones iluminaba la noche como una gran farola en el cielo.

La juventud de Gaia permitió que muchos organismos se multiplicarán en ella, era una simbiosis perfecta. Las aves, los animales, los insectos. Todos ellos vivían en un ciclo de “samsara” ideal de forma que al regresar a Gaia la alimentaban i hacían que las tierras fuesen fértiles.

Durante miles de años Gaia siguió creciendo entre estrellas, satélites y planetas, hasta que un buen día apareció un nuevo organismo, era un ente distinto, capaz de pensar, crear artilugios, al principio el nuevo organismo se adaptó al entorno conviviendo con el resto de seres orgánicos.

Este nuevo ser evolucionó durante millones de años junto a Gaia. Gaia se sentía tranquila. Todo estaba en armonía, el nuevo organismo cuidaba su piel cultivándola para obtener vegetales y frutas, de vez en cuando cazaba algún animal para alimentarse, se refugiaba en recodos de su piel para protegerse de la lluvia y el viento.

Pasaron miles de años de esta idílica relación. Un buen día el nuevo organismo, que se denominaba a sí mismo hombre ,inició una carrera evolutiva distinta, el centro de atención ya no era Gaia.

El hombre aprendió a construir sus propias cuevas para cobijarse, su pensamiento analizaba todo el entorno continuamente, creó la filosofía, las matemáticas. Con la medicina aprendió a protegerse de otros organismos que habitaban en Gaia.

Lentamente este nuevo organismo alcanzó un nivel de desarrollo impresionante, dominaba todos lo medios, la tierra, el aire, el agua.

Para poder evolucionar utilizaba avanzadas tecnologías que a la vez que le permitían vivir mucho mejor generaban residuos que Gaia iba almacenando.

En un primer momento Gaia absorbía los residuos y los expulsaba o guardaba en su cuerpo en pequeños espacios no utilizados.

Con el paso del tiempo Gaia se sintió enferma, sus pulmones absorbían gases que la dañaban, sus riñones drenaban agua cada vez más sucia y el tacto de los arboles era cada vez más difícil. El flujo sanguíneo de sus mares comenzaba a detenerse, la suciedad le invadía.

Ante este cuadro clínico la temperatura de Gaia subía unos grados cada año, los glaciares desaparecían, la fiebre se apoderaba de Gaia y su sistema inmunológico comenzaba a reaccionar.
Gaia tenía un virus que se la estaba comiendo por dentro y ese virus era el hombre. Su sistema inmunológico creaba anticuerpos para combatirlo, lloraba con mucha más fuerza que antes con la esperanza de limpiar el aire que respiraba, los huracanes y las tormentas cada vez eran mayores.

El nivel de los mares subía para impedir el avance de ese virus hacia las aguas que albergaron la vida primigenia.

La temperatura cada vez subía un poco más y el virus no desaparecía, al contrario, su descontrol era cada vez mayor.

Finalmente, Gaia decidió administrarse un antiviral, la medicina era el COVID-19, un nuevo medicamento capaz de erradicar parte de aquel virus tan resistente, el hombre y sus desechos.

Poco a poco el virus humano entendió que Gaia se estaba curando a si misma y que o la ayudaba en ese gran reto o a la larga sería él quién desaparecería para siempre mientras Gaia se recuperaría y seguiría su camino envejeciendo en la Vía Láctea.

Debemos darnos cuenta de que vivimos dentro de un ser vivo, el cual necesita del aire para que sus órganos funciones, las plantas, los vegetales, los árboles. Que el agua que riega sus tierras son las que alimentan al resto de seres que conviven con ella.

O aprendemos de una vez que el planeta esta vivo y hay que cuidarlo o nuestra insignificante existencia se perderá en el olvido de los años hasta la reencarnación final de Gaia.

Gaia no necesita de nosotros para vivir, pero nosotros si necesitamos de ella para subsistir.

S.C.


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