Existe una energía primigenia, básica, generadora de todo, del universo entero.
Desde el orden y el caos de esa energía aparece todo aquello que damos por sentado y que existe.
Nuestra alma forma parte de esa energía desde un todo llamado Monada donde reside el alma que se proyecta en el espacio tiempo que habita nuestro cuerpo.
Al nacer somos una parte pura e inteligente de ese todo sin más conocimiento que el que hemos venido a aprender.
Al crecer vamos olvidando la pureza inicial creciendo en un mundo que para entenderlo nos vemos obligados a ver desde la dualidad, el bien y el mal, la luz y la oscuridad. Nuestros sentidos y nuestra mente generan en nosotros un ego que nos permite relacionarnos, sentirnos únicos y diferentes, un ego que nos muestra una realidad a través de los sentidos de algo que a la vez es real e imaginario.
Vivimos en lo que se denomina Maya, una proyección mental de nuestros sentidos que nos muestra la realidad en base a nuestras creencias y experiencias, nuestra cultura social, familiar y religiosa.
Escapar de esta percepción ilusoria nos devolvería a la energía primigenia, a sentirnos parte de todo y que todo forma parte de nosotros  sería llegar a lo que Buda llamo el Nirvana, la iluminación.
Una forma de acercarnos a ese estado es la meditación, teniendo en cuenta que llegar a desligarnos totalmente de nuestra percepción como ego requiere renunciar a todo aquello en que creemos, olvidar la dualidad y entrar en un estado de vacuidad donde todo existe a la vez y todos somos uno y a la vez uno es todo. Al igual que hay noche porque hay día y los dos existen al mismo tiempo y son uno y parte a la vez.
El simple hecho de entender que somos parte del todo ya nos impulsará a un nivel de conciencia superior.


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