Todas las cosas existen de una forma y realidad con que las percibimos. Nuestra percepción les añade adjetivos, atributos, las juzga y las individualiza para darles un contexto en el que existir como algo único y básico.

La vacuidad (Shunyata) elimina toda esa superficialidad, las considera vacías de individualidad, evita aislarlas mediante una identidad simple.

Realizamos una proyección de las cosas dentro de la misma naturaleza de nuestra percepción, nuestra mente analiza, separa al sujeto del objeto y considera que los objetos tienen una realidad inherente.

Clasificamos las cosas como buenas o malas, agradables o desagradables pues nos infunden sensaciones y emociones. Nuestras experiencias determinan el estado de cada cosa, su esencia aprendida. En este sentido podemos afirmar que el mundo captado es real y al mismo tiempo no es real.  ¿Es la realidad realmente como la percibimos?

El concepto es complejo, pero analicemos nuestro “YO”, intentemos determinar la ubicación de ese “YO”, ¿es un pensamiento?, ¿dónde radica o se alberga? ¿Existe en algún lugar, o en todos, es necesaria una carcasa que lo contenga? En el momento que detectamos ese YO como parte de un todo, entonces el juicio desaparece, los atributos, toda la realidad que habitualmente observamos se transforma, pasamos a formar parte de un TODO global, impermanente, sin sustancialidad, pues si todo cambia permanentemente nuestro YO esta en cambio continuo y si estamos en cambio continuo existimos y no existimos, somos y no somos.

Tan solo podemos ser en ese estado en que somos parte del global, sin individualidad, sin carcasa, sin atributos. Un punto en que el ego está a punto de desaparecer, toda máscara que nos recubre se reduce a la mínima expresión. Nuestra mente deja de crear fantasías o realidades alternativas a la verdadera realidad.

Es en ese sentido que somos capaces de visualizar un todo al que pertenecemos, hermanarnos con el don maravilloso de formar parte de lo que nos rodea, somos nosotros unidos al resto, al universo que nos conecta, a esa energía vital que permite que todo fluya aunque nuestra realidad diaria se enteste en dividir el todo en pequeños trocitos más comprensibles para nuestra mente.

S.C.


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