Erik era un Koala encantador, su lentitud al moverse, su cara risueña con la nariz negra y su cuerpo regordete de color gris ablandaba los corazones más duros. Erik vivía en Australia, un país con zonas desérticas y selvas, era la dualidad de un mundo que en ocasiones quedaba devastado por grandes incendios que duraban días y semanas.
Erik nació en la zona boscosa, su infancia fue feliz, saltaba de rama en rama, aprendió con otros koalas, pasaban el día jugando, saltando y riendo.

Durante mucho tiempo Erik se sentía tranquilo, seguro de si mismo, conocía palmo a palmo aquella selva en ocasiones salvaje, llena de otros animales, pero como sabía de todos sus secretos sabía por donde caminar, y por qué partes del bosque no pasar para evitar peligros.
Erik creció, se sentía poderoso, podía enfrentarse a cualquier peligro. Deseaba conocer algo nuevo, le habían hablado de los grandes desiertos y se moría de ganas de conocerlos.

Un buen día decidió ir a conocer nuevas partes de aquel mundo salvaje. Se alejó de la selva en la que había crecido, a medida que andaba encontró animales que nunca había visto. Algunos dóciles y amables, otros ariscos y peligrosos.
En su ruta Erik tropezó con una tribu nueva, la tribu le acogió le dio de comer, un lugar donde descansar y recuperar fuerzas. Durante varios años Erik convivió con aquella tribu, era muy apreciado y querido por todos y gozaba de la protección del gran jefe Iubanda.


Un buen día el jefe Iubanda explicó a todos que debía abandonar la tribu, su tarea en aquella tribu había terminado y debía buscar una nueva tribu a la que brindar su experiencia.
Erik al ver partir al Jefe Iubanda le dijo, gran jefe quiero ir contigo y conocer nuevas tribus. Iubanda le contestó; eres libre de elegir tu vida y destino. Si así lo deseas puedes venir.

Durante semanas anduvieron por la selva hasta llegar al borde de una encrespada colina. Allí terminaban los árboles y comenzaba un gran desierto al que no se le veía fin.

Iubanda miro al Erik y le dijo; ¿realmente deseas seguirme? No sé dónde termina el desierto.


Erik dudó por unos instantes, pero rápidamente respondió, Sí, deseo seguirte. Anduvieron durante meses, Erik echaba de menos su antigua vida en la tribu, sus sentimientos de añoranza muchas veces no le dejaban dormir.

Algunas veces no entendía las acciones de Iubanda y comenzó a dudar de él, de si realmente sabía a dónde iba y lo que hacía. Las dudas y la añoranza iban creciendo dentro de Erik. Iubanda cada vez hablaba menos y Erik cada vez preguntaba menos. ¿cómo podía Erik sentirse tranquilo sino sabía a dónde iban?

Por el camino encontraron pequeñas tribus nómadas que les proveían de comida y en cada tribu Erik preguntaba todo aquello que no se atrevía a preguntarle a Iubanda. Cada tribu le daba una respuesta distinta, Erik ya no sabía que pensar, estaba confundido. Su realidad se convirtió en trocitos de respuestas de las distintas tribus, pero como cada tribu desconocía la historia de Erik las respuestas fueron creando una realidad distorsionada que Erik creía totalmente cierta.

Finalmente, y después de casi un año caminando por el desierto encontraron una tribu aposentada en un oasis, era una tribu con mucha gente, el oasis daba agua a todos y permitía crecer a una gran variedad de árboles y plantas, era como la selva donde Erik había crecido, o lo más parecido a ella.


Iubanda le dijo a Erik, descansa y aliméntate que en pocos días partiremos. Erik cansado de andar y de no entender nada comenzó a pensar. ¿Es esto lo que quiero, seguir andando?, Echo de menos a mis amigos, a aquella selva en la que todo era bonito, los árboles, las flores, la gente.
Llegó el día de partir y Iubanda llamó a Erik. Éste no apareció, había vuelto sobre sus pasos deseoso de encontrar de nuevo aquella tribu en la que era feliz.
Iubanda recordó su mensaje:

“Eres libre de elegir tu vida y destino”

no por eso te dejaré de querer.

Iubanda siguió su viaje.

S.C.

 

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