El pensar en ¿qué nos perjudica lo que otro sienta, piense, haga o deje de hacer? es algo necesario de analizar, porque cuando “mi sentir” depende de lo que haga o piense otra persona…le estoy entregando un poder muy grande… ¿acaso esto nos beneficia en algo?… la mayor parte del tiempo son nuestras elucubraciones mentales las que nos perjudican y nuestro deseo de querer mantener todo bajo control, como a mi me gusta, como yo quiero que sea o como me gustaría que fuese, esto es lo que realmente nos afecta.

 El comprender que nuestro sistema de valores personales no son las reglas de todos que lo único importante es que nosotros mismos seamos coherentes con dichos valores y el dejar que los demás se guíen por su propia escala de valores significa que se le reconoce como un “adulto” capaz de vivir según sus pautas y no según las que nosotros queremos, permitiendo crecer a las personas sin limitarlas ni culpabilizarlas.
En resumen todos somos responsables desde la aceptación sin juicio, nadie es mejor o peor. Simplemente somos diferentes y ahí radica la grandeza del ser humano, en aceptar para ser aceptado, en no juzgar para no ser juzgado en no desear que los demás actúen como nosotros deseamos de lo contrario tratamos a los demás como niños sin otorgarles la libertad y en consecuencia coartando nuestra propia libertad, si solo nuestros valores son los correctos nos perdemos todo un matiz de puntos de vista que lejos de enriquecernos nos empobrecen como ser humano y nos abocan a una soledad autoimpuesta de la que culpabilizamos a los demás cuando somos nosotros mismos quienes la generamos.


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